ALGUNAS NOTAS QUE PUEDES LEER EN ESTA PÁGINA

Recordar es no repetir

Amar no es igual a sufrir

Esperando que llame
Amores dolorosos
Morir de amor

Las fiestas y lo no tan festivo

 

Reflexiones sobre la crítica constructiva

La hija de tu verdugo
 
 

 

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La humildad de reconocer los valores del otro

 

 Es difícil reconocer los valores del otro, porque, en algún punto, esto se vive como una humillación. Algo así, como que le digo al otro que vale, y me quito mi propia autovaloración.

Siento que el otro toma poder cuando lo digo las cosas buenas que hizo por mi, que se le van a subir los humos y luego me va a mirar desde arriba, como si yo fuera un insecto.

O que el otro, va a aprovechar mis elogios para reprocharme sus buenas acciones. En estas condiciones, el otro es vivido como alguien peligroso para nuestra autoestima.

Sólo di creo que yo valgo, me doy tanto poder a mi mismo como al otro y le puedo comentar las cosas buenas que tiene con humildad. Porque la posibilidad de ser humilde se acompaña con una auténtica autovaloración. Yo valgo tanto como el otro, entonces me puedo dar el lujo de elogiarlo. Él está a mi misma altura. Puedo mostrarle mi gratitud.

También puedo así decirme a mí misma las cosas que voy logrando.

La ejercitación de comentar al otro sus cosas lindas, podría venir acompañado de otro ejercicio: verme a mí misma como si fuera otro y atreverme a decirme mis cosas buenas, frente a un espejo imaginario o al real de mi dormitorio.

Estamos hablando acá del difícil reconocimiento de los valores del otro, y se me ocurre pensar lo fácil que nos resulta recordarle al otro, una y otra vez sus fracasos, sus defectos, lo que no logro y lo malo que nos hizo tal o cual vez.

El que critica siente que se hace a sí mismo gigante y es el otro el que es insecto. Y esto es un autoengaño. Si realmente me siento valioso no necesito estar pendiente de las fallas del otro. Es decir no compito con el otro. Solamente compito conmigo mismo para ser cada vez mejor persona. Me ocupo de mi permanente autoconstrucción.

¿Y que papel ocupamos los psicólogos aquí? Somos espejos que ayudamos al paciente a verse tal cual son. Sin críticas. Acompañándolos en su autoconocimiento para que cada vez se puedan ver con mayor claridad. Y que puedan percibir a los demás tal como son, ni insectos ni gigantes.

Un difícil camino pero vale la pena comenzarlo alguna vez…

También, a veces, el problema lo tiene el que recibe nuestros elogios. Desde su mísera autoestima nos acusan de aduladores, cuando nosotros estamos, simplemente, describiendo lo que son sus verdaderas virtudes. “No me adules” te dicen y con eso no nos dejan acercarnos. Demasiado acostumbrados al autoreproche, y a una vida llena de críticas continuas, nuestros merecidos elogios le suenan falsos y se van quedando cada vez más solos dentro de sus corazas.

 

 

Lic. Silvia Cueto

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