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La
humildad de reconocer los valores del otro
Es difícil reconocer los
valores del otro, porque, en algún punto, esto se vive como una humillación.
Algo así, como que le digo al otro que vale, y me quito mi propia
autovaloración.
Siento que el otro toma
poder cuando lo digo las cosas buenas que hizo por mi, que se le van a subir los
humos y luego me va a mirar desde arriba, como si yo fuera un insecto.
O que el otro, va a
aprovechar mis elogios para reprocharme sus buenas acciones. En estas
condiciones, el otro es vivido como alguien peligroso para nuestra autoestima.
Sólo di creo que yo valgo,
me doy tanto poder a mi mismo como al otro y le puedo comentar las cosas buenas
que tiene con humildad. Porque la posibilidad de ser humilde se acompaña con una
auténtica autovaloración. Yo valgo tanto como el otro, entonces me puedo dar el
lujo de elogiarlo. Él está a mi misma altura. Puedo mostrarle mi gratitud.
También puedo así decirme a
mí misma las cosas que voy logrando.
La ejercitación de comentar
al otro sus cosas lindas, podría venir acompañado de otro ejercicio: verme a mí
misma como si fuera otro y atreverme a decirme mis cosas buenas, frente a un
espejo imaginario o al real de mi dormitorio.
Estamos hablando acá del
difícil reconocimiento de los valores del otro, y se me ocurre pensar lo fácil
que nos resulta recordarle al otro, una y otra vez sus fracasos, sus defectos,
lo que no logro y lo malo que nos hizo tal o cual vez.
El que critica siente que se
hace a sí mismo gigante y es el otro el que es insecto. Y esto es un autoengaño.
Si realmente me siento valioso no necesito estar pendiente de las fallas del
otro. Es decir no compito con el otro. Solamente compito conmigo mismo para ser
cada vez mejor persona. Me ocupo de mi permanente autoconstrucción.
¿Y que papel ocupamos los
psicólogos aquí? Somos espejos que ayudamos al paciente a verse tal cual son.
Sin críticas. Acompañándolos en su autoconocimiento para que cada vez se puedan
ver con mayor claridad. Y que puedan percibir a los demás tal como son, ni
insectos ni gigantes.
Un difícil camino pero vale
la pena comenzarlo alguna vez…
También, a veces, el
problema lo tiene el que recibe nuestros elogios. Desde su mísera autoestima nos
acusan de aduladores, cuando nosotros estamos, simplemente, describiendo lo que
son sus verdaderas virtudes. “No me adules” te dicen y con eso no nos dejan
acercarnos. Demasiado acostumbrados al autoreproche, y a una vida llena de
críticas continuas, nuestros merecidos elogios le suenan falsos y se van
quedando cada vez más solos dentro de sus corazas.
Lic. Silvia Cueto
011- 4506-9707

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